domingo 10 de abril de 2011

Ruptura

En general uno empieza las cosas sin saber cómo van a terminar. Hace un tiempo escribí una entrada sobre las obras que quedan inconclusas, las causas de que esto suceda y el destino de dichas obras -destrucción, reciclaje del soporte (tela, madera, etc.), y mencioné que a veces a éstas se las deja “descansar” un tiempo para posteriormente retomarlas y terminarlas, quizá en una dirección distinta de la inicial. Esto último es lo que sucedió con una pintura que terminé hace poco, después de dos años de haberla iniciado.

Comencé a pintarla en abril de 2009 luego de mi última exposición individual -en la que todavía prevalecía el tema submarino-, con la idea de intentar algo nuevo, alejado del mar, con una paleta más balanceada entre cálidos y fríos. La idea -me gusta pensar en las ideas como en una especie de McGuffin pictórico- era pintar un abstracto en el que se evocara un paisaje urbano sobre un atardecer. Me basaría en esta foto, tomada desde la ventana de un departamento donde viví durante 2006:


Debo aclarar que cuando digo “basaría” me refiero a inspiración, en este caso, tomaría la composición horizontal, alargándola, buscando las tonalidades de fondo del atardecer pero rompiendo las líneas de las siluetas, dando un ligero aire urbano con tonos oscuros. Era un proceso de abstracción lírica; en el pasado hice esto muchas veces y el resultado final suele no tener relación con la fotografía original.

Comencé texturizando con gesso el bastidor, incluso pinté la primera mancha, pero mi proceso en ese entonces se vio interrumpido por diversos factores externos -un cambio que significó una reducción en mi espacio para pintar, el encargo del retrato del papá de una amiga de corte muy realista; la necesidad de tomar un trabajo de oficina para sostenerme económicamente, todo ello enmarcado por la epidemia de influenza de 2009 en mi ciudad que agregaba un extra de ansiedad al día a día- así que la pintura quedó temporalmente pendiente.

Lo siguiente que pinté fue la serie de las 4 estaciones; como decía, tuve que acostumbrarme a pintar en un espacio reducido y el formato de 40 x 40 cm. fue lo que más me acomodó entonces. La perspectiva de pintar un lienzo de 150 x 100 cm. me parecía abrumadora e incluso para ese momento ya había perdido interés en la idea inicial.

Pasó el tiempo y hacia fines de 2010 retomé el bastidor que se encontraba “crudo” con apenas la primera mancha de acrílico. Sin saber bien a dónde me llevaría eso lo cubrí y re-texturicé con gesso para pintarlo en formato vertical. Me parecía mejor enfrentar el bastidor “fallido” de cero y volver a empezar. Sin embargo -cualquiera que pinte con texturas lo entenderá- no hay manera de empezar realmente de cero cuando se pinta sobre algo ya comenzado. La textura inicial e incluso el color lucharán por salir a la superficie, como cicatrices que recuerden que esa tela tiene una historia.

Me costó mucho trabajo enfrentar de nuevo esta tela. Más allá de su tamaño, tenía la sensación de que al pintar sobre ese lienzo tan llevado y traído estaba tratando de pasar a otra etapa sin conseguirlo. Pinté nuevamente una primera mancha antes de Nochebuena de 2010 y aun tenía resistencia a continuar. Mientras tanto preferí pintar otras cosas -la serie de pequeños abstractos que postée recientemente, dibujos en carbón y pastel, etc.- hasta que finalmente, en marzo pasado, la pude retomar por enésima vez y de buena gana terminar:


Teresa Clark
“Ruptura”
Óleo/acrílico sobre tela
150 x 100 cm.
2011

Ahora que está acabada, noto que la idea original no se perdió del todo: no veo nada del paisaje urbano que me inspiraba, sí algo del atardecer. La sensación que prevalece sobre mí respecto a esta pintura no es lo que esperaba; más que el placer de haber terminado una obra, siento en todo caso la afirmación de que algo se ha roto, para bien o para mal, y no hay vuelta atrás.

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